La Inteligencia encarcelada

Publicado el 4 de junio de 2011, en el Periódico de Aragón

 

La gran aportación del hombre a la civilización es el pensamiento, el pensar es capaz de hacer que nuestros deseos se cumplan, que nuestras dudas se despejen, que nuestros temores se desvanezcan, que nuestros límites se conviertan en horizontes, que nuestras expectativas consigan proyectos  y que nuestras emociones encuentren su razón, a esa capacidad le llamamos inteligencia.

Como un buen centauro, hay que pisar firme en la tierra y lanzar la flecha hacia el horizonte, hacia las expectativas, y buscar el acierto del arquero en la diana, quien ha de pensar en cómo controlar la dirección de su flecha.

“… yo pienso mucho y le doy muchas vueltas a las cosas …”, me decía aquel defensor de las causas ajenas, a quien le sugerí que no pensara tanto y actuara más; además, cómo podía yo explicarle que lo importante es pensar “bien”.

Conocemos el poder del pensamiento, lo que con frecuencia olvidamos es que tal poder también es arriesgadamente efectivo con los pensamientos erróneos, confusos o desordenados. Por supuesto, la bonanza del pensamiento consiste en pensar “bien”, el buen pensador es educado, agradecido con la vida y con las personas que le han ayudado, tiene principios y proyectos que le permiten realizarse como persona, social y sociable.

Buscamos el bienestar de la humanidad y el equilibrio de los seres que la integramos, en armoniosa conjunción con el ambiente que nos rodea, sea cual fuere el escenario que nos corresponda vivir.

Nuestra fuerza, dirección y control son los principios de la vida, cuando éstos no son genuinos y espontáneos, entramos en las arenas movedizas de la crisis, de la manipulación, de las opiniones más adaptadas al oyente que a la realidad objetiva.

En un juicio, el ministerio fiscal me preguntó:  ¿señor perito, también hay que ser inteligente para actuar torpemente?, como si eso de ser torpe no tuviera que ver con “todos” los humanos.

Todas las personas estamos limitadas por nuestros miedos, nuestras dependencias, por nuestras expectativas o por la ausencia de ellas; por tanto, si no señalamos un rumbo, un objetivo, un proyecto de vida que conseguir, nunca avanzaremos; se nos presentan límites, fronteras y muros, algunos parecen imposibles, pero los más poderosos son los que nos ponemos a nosotros mismos, por eso la tarea más importante consiste en eliminar esas pantallas que no nos permiten ver y paladear la vida, ni alcanzar la identidad y el desarrollo personal.

Las personas que atendemos en la Fundación[1] no están en crisis, pero viven en una sociedad difícil, la comprensión de su realidad sólo se oye a golpes de celuloide o de políticas racaneantes, sus interacciones se tornan valoradas cada cuatro años, pero la realidad no siempre les es favorable. Su vida, sus pensamientos y sus sentimientos son puros, nobles y esperanzadores, siempre nos animan, nos provocan buenas reacciones y nos premian con su permanente alegría de vivir, su vida sólo se hace difícil cuando las personas y los tiempos que les rodean les crean dificultades.

Podemos aprender de ellos a ser felices a pesar de todo, sin que importen las ingratas circunstancias que, –siempre, siempre- nos van a acompañar.

 

G.R., C.

 

[1]  Los Pueyos, es una organización dedicada, hace más de 40 años, a la atención de la discapacidad intelectual.

 

Los alegres resquicios del sol. Gay, Jorge.